Quiero apenas una canción.
Estoy cansado de llamar
a la puerta de los que amo,
mi camino se cubre de violetas
y de sombras perdidas de mi canto.
Se ha ido la estación de la azucena
por la muerte que fue una bella fábula;
ahora nadie me conoce,
todos se alejan de mi alma.
No sé qué camino seguir
ni a quién decirle que me ame,
mis ojos miran la floresta
y estoy cansado y se hace tarde.
Quiero apenas una canción
que me traiga tus manos de hada,
una canción para la vida
bajo esta llama de ciprés tan blanca.
Quiero vivir o morir, lo mismo
me debe ser la muerte que la vida.
¿Quisieras tú decirme la canción
de la esperanza o la desdicha?
Sólo te pido una palabra
Y algo del cielo de tu música:
Aguardaré a la sombra de mi otoño
cubierto por las flores y la luna.
Estoy cansado de llamar,
pero nadie me abre sus puertas;
acuérdate de mí en la noche,
azucena de un valle que perdiera.
(Del poemario Madrigales de vida
y muerte)
Derrotero de análisis.
Es un poema de 7 cuartetas, en combinación libre de versos
endecasílabos y decasílabos con octosílabos, y rima asonante en los pares y
libre en los nones o impares, de forma regular en todas las estrofas. Por ello,
no es un madrigal clásico, pues no emplea rima consonante sino asonante, ni
versos heptasílabos con endecasílabos, sino en la combinación métrica ya dicha.
Y esta diferencia, no censurable, por supuesto, sino al contrario, va de
acuerdo con la índole personal de la propuesta poética. GQ innova el canon del
madrigal y lo hace suyo.
Por lo demás, el poema se ajusta maravillosamente a la naturaleza
lírica del madrigal, pero también con la característica personal del poeta
Quessep.
Todo el poema se desarrolla en un sostenido soliloquio, cuya voz está
inmediata a un “tú”, de quien el poeta espera una respuesta a sus agónicas
preguntas. Y es un “tú” abierto, no definido.
Apenas nos da pie a saber que esa “tú” es la dueña de las respuestas
que el poeta espera; que “sus manos de hada” son traídas por la canción, así
como “la esperanza o la desdicha” y que
“su” cielo de ella es de música. No obstante, a pesar de la fe lírica que el
poeta pone en la amada, tampoco ella le trae ni da el consuelo que el poeta
implora. Y esto es el ‘motivo’ o móvil agónico del poema, un canto en su mundo
de interrogantes sin respuestas.
La búsqueda lírica, discreta e íntima, así como la forma enunciativa
del soliloquio, son los formantes del poema, formantes que, a su vez, se
expresan mediante la estructura del madrigal. Si todo es abierto, en el sentido
de poéticamente ambiguo e impreciso, es por virtud de la sutileza de las imágenes,
y estas, debidas también al plano en el cual el poeta sitúa su canto. De ahí
resulta un poema no argumentativo ni tampoco susceptible de precisiones
distintas a las de su índole.
La característica de las imágenes pone en evidencia con claridad el
modo de sentir la realidad el poeta. Nunca son imágenes triviales, de
similitudes entre esto y lo otro, en juego de lo conocido y de lo cognoscible,
sino nuevas, siempre muy delicadas, sin duda abstractas, en la medida en que están
lejos de toda evidencia empírica.
Ampliando la idea, reparemos en que la clave de lectura que da
fundamento a cualquier exégesis hermenéutica, atiende, no solamente al decir,
sino al decir de lo no dicho, entre lo cual se incluye, de modo primordial, el
punto de vista del texto. Todo texto tiene su propio punto de vista y es a
este punto al que debemos interrogar –y no al autor- sobre lo que el poema
quiere decir.
El punto de vista del texto es el responsable de la nueva realidad
poetizada. Él es el verdadero autor del texto, su poeta implícito. El punto de vista es un decir pragmático,
no gramatical, debido a que solo se manifiesta en las circunstancias de la
enunciación del texto, en aquello que le da sentido a este. Desde él son
apreciables las propias condiciones de lectura del texto en cuestión. Es
imposible captar, leer, apreciar un poema y, en general, cualquiero obra de
arte o, incluso, filosófica, si no hemos advertido su punto de vista, la
concepción o el sentimiento que el artista tiene de esa porción de realidad
poetizada o expuesta (la filosófica).
Así, generalmente, es característica de la poeiesis o creatividad del
poeta Quessep cantar desde un plano en que las situaciones, los sentidos, las
ideas se funden, algo típico de un más allá que no es el de este plano. A
diferencia de la manera de operar la poética connotativa, él no crea yendo de
lo conocido a lo desconocido, comparando esto con lo otro, sino que suele
instalar el canto de una vez en el cielo de su abstracción lírica donde él
vive.
Este escenario de su canto, que es, en general, el de su poesía, yo lo
percibo como algo no fingido por el poeta, sino real, de poesía pura por eso, e
inaccesible para muchos, si no se vislumbra este punto de vista o si se adopta
una actitud reacia con respecto a él. Lo procedente es admitir que el poeta no
finge, sino que dice lo que está viendo directamente en su cielo. Por eso, su
modo de percibir tiene el rasgo retórico de no ser figuras literarias, según el
uso, sino personificaciones o, mejor, presencias personales, o sea, figuras en
forma de personas: Metáforas, sinestesias, catacrecis, mitos, en persona, “de
carne y hueso”, inmediatos. Lo que para el lector pudiera ser obra de ficción,
para el poeta es verdad, testimonio fehaciente de lo que está viendo en acto.
Atento al poema, en el poeta Quessep, la realidad no es el mundo de los
sentidos discriminados o separados, como acá, sino ese otro plano de unión de
los sentidos, típico escenario de la revelación, de la visión revelada en
directo.
El poeta Quessep no destruye el modo en que se manifiestan las evidencias
de esta realidad ordinaria. No lo requiere, pues su canto nace de una vez en el
plano distinto o superior en que se desarrolla. Allí –o allá-, la sutileza es el
modo de ser de la realidad, la forma de las evidencias. Desde ese plano, es
creíble entonces que ella, la “tú” del poema, no aparezca pareciéndose a
ninguna figura femenina de carne y hueso, sino una alguien o exalguien transmutada
en cielo, en música, en color, inasible o, mejor, no creíble, por nuestros
sentidos ordinarios. Y por tal estilo, lo demás en el poema.
En esta clase de poesía, lo extraordinario de lo extraordinario –debí decir
lo insólito de lo extraordinario- consiste en que, en primer lugar, se trata de
revelaciones, y en segundo lugar, de revelaciones profanas, circunstancia que
es necesario resaltar, habituados como estamos a que toda epifanía, parusía o
revelación debe ser sobre algo esperado. Mi fe, que se apoya en las
revelaciones de lo que no he visto y ni siquiera imaginado, me inclina a creer
lo contrario, esto es, que si la revelación es algo ya dado en el ideario
devoto podría ser sospechosa de incierta o no fidedigna.
El milagro de la aparición de Nuestra Señora de Lourdes se me hace
absolutamente creíble por la insistencia en el testimonio de las niñas que la
vieron. Las autoridades tratan de validar la aparición casi llevándolas a
declarar que sí se les parecía a la Virgen. Y ellas, con total candor e
ingenuidad se reafirmaban diciendo que no, que no se les parecía a ninguna
santa conocida. Eso es auténtica revelación para mí.
Las revelaciones, en efecto, no son necesariamente de santos ni de otro
tipo de entidades sacras conocidas. Alcanzo a saber que toda revelación es
manifestación sobrenatural evidente, así llamada por la tradición, pero que
también puede ser apreciada como manifestación evidente que pertenece a planos
o a grados superiores de la energía. Al manifestarse, ella nos saca del plano
ordinario y nos traslada, por decirlo así, al de ella. La súbita sorpresa causa
el asombro o el éxtasis, apreciable en la expresión del rostro que los buenos
pintores de santos han captado.
Las revelaciones son, en general, personales, para el devoto, el
científico, el filósofo, el artista. No son, pues, dones exclusivos para el
religioso. Una prueba de ello es que, aun estando entre otras personas, ninguna
más se entera, sino únicamente el elegido. Y se da, piensa uno, a cualquier ser,
anónimo o notable, que hubiere alcanzado, sin algarabías devotas, la gracia
para recibirlas.
En ocasiones, leemos poemas que nos hablan de revelaciones, pero
generalmente son revelaciones imaginadas, pensadas, no realmente vistas. Rilke
solía hablar de ángeles, de revelaciones, pero, según mi apreciación, la única
para mí creíble es la de su Canción del Capitán Cristóbal Rilke. En Juan Ramón
Jiménez, más excepcional de lo que se ha dicho sobre él, encontramos varios poemas
tocados de visiones superiores, así como en T. S. Eliot, mas no porque hablen
de ellas, sino por el tono sonámbulo, lunado, del poema. Seguiré pensando que
El Nocturno de Silva fue una danza hablada y fúnebre, revelada al poeta.
La característica estriba en la forma de manifestarse las presencias,
las cuales, cuando son auténticas revelaciones, se ofrecen con su logos
completo de evidencias visibles y así mismo audibles, sin separación de
sentidos. Todo en ellas se da en unidad de información. En eso consiste su modo
de manifestarse.
Si nuestra comprensión lo admite, ahí es donde vive y germina, en
general y según mi parecer, la poesía de Giovanni Quessep y este poema en
particular; y es ahí en donde debemos apreciar la razón de ser y la naturaleza
de su canto en la mayoría de sus poemas. Pienso que, a partir de haber
vislumbrado este mundo de revelaciones poéticas, el curso que traía la poesía
de Giovani cambió de manera radical, razón por la cual, tal vez, el poeta no acepta
de buen grado aquel otro ancestro de su ofico de poeta.
Por ende, la exégesis hermenéutica haría bien en tener en cuenta este
punto de vista del poema. Lo que dice y el sentido de lo que dice se explican,
a mi juicio, desde ahí.
Finalmente, el tipo de poema escogido –el madrigal-, así como la rima,
convienen al tono íntimo y solemne, conversacional, del soliloquio y en veces
diálogo implícito, próximo a la queja o al reclamo lírico del canto. Incluso
creo que fue un acierto suyo cambiar la rima clásica consonante del madrigal
por la asonancia, debido a que esta rima evade el sonsonete y se torna, por
ello, más sutil que la otra.
Creo que todos los poemas de este libro son madrigales asonantados, tal
vez uno de los pocos libros sistemáticamente isosilábicos en esta segunda etapa
del poeta.
El poema invita a ser oído en recogimiento y dejar que la suave efusión
lírica del madrigal se vaya dando a su modo.
Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia, febrero
28 del 2015.
