La
bella potranca salvaje.*
Otto
Ricardo-Torres.
(Segundo
borrador).
Desde
la primera vez me pareció espectacular. Lucía única en el aire libre del
escenario, al borde de la ciénaga, en el restaurante, el gato, en sandalias… .
Su risa abierta, labios rojos, dientes blancos; su cabello rubio, ensortijado; la
piel blanca también, porte altivo, seguro. La miré con atención largo rato,
varias veces, restregándome los ojos, y lo único que se me ocurrió pensar es
que me parecía cosa de no creer.
Lo
siguiente fue cómo acercarme a ella. Como todo tímido que se respete, me
pareció que se me hacía inaccesible, que quién sabe cuánta multitud de
pretendientes la estarían rondando. Al fin, encontré el camino: Necesitaba
decirle que me parecía fascinante el nuevo tipo humano, en mujeres y hombres,
pero sobre todo en mujeres, que se había estado fraguando allí en las recientes
generaciones. Lugar común y lo que fuera, es verdad. Cuando le pedí su correo,
se lo dije, pero el sistema me devolvió el mensaje. Eso era lo que quería decirle,
elogiarla de ese modo, pues en realidad me pareció ella una maravillosa
representante de esa juventud del lugar.
Cuando
empecé a hablar con ella, se me erizó el cuerpo. Poco a poco fui recobrando el
equilibrio emocional, aunque no fue tarea fácil. Me abrió las puertas de su
casa, me dijo que se sentiría realizada con una compañía como la mía, que vivía
sola, sin hijos, sin compañero a bordo, trabajando asiduamente, y que le
gustaba el deporte –volybol, natación, caminar-, tomarse dos tragos de old parr
de vez en cuando, ir al pueblo a comienzos de año a visitar a la familia, darle
vuelta a la finca del papá.
Definitivamente,
es una persona descomplicada, transparente, clara, radical, impetuosa en su
buena ley, audaz, intuitiva, pero, al estilo de una potranca indómita, de
pronto se detiene como para interpretar el viento, el huracán de su cuerpo, y
luego prosigue despacio, a trote, cauta, antes de empezar de nuevo a improvisar
el despliegue de sus bríos.
Por
eso le dije que parecía eso, una potranca salvaje, y se lo dije porque se me
chispotió, como diría El Chavo. Temí que me fusilara a través de la web, me
puse las manos en la cabeza y en la cara para atajar el guarapazo y hasta me
dieron ímpetus de meterme debajo de la mesa, no fuera el chiste, pero no. A
cambio de mis temores, dijo jajajajaja en el computador, que es como se ríen a
carcajada ahora las criaturas internautas.
A
lo largo de los tantos minutos, que eran chorizos de preguntas, respuestas,
carcajadas y demás, a veces le decía algo adrede para puyarle los jamelgos,
digo, el ego, y se quedaba quieta en seco, volviendo a su programa de
televisión –según creo- como si no estuviera hablando con nadie.
Realmente,
es una mujer admirable –creo que ya lo dije-, porque es bonita, limpia de alma,
esforzada sin alardes, estricta sin mengua de la espontaneidad, amable,
efusiva, familiar, práctica y, al mismo tiempo, intuitiva y espontánea. Nunca
conocí a una mujer así –se me escapó la frasecita.
Confieso
que, de no ser por mi timidez, me le hubiera dedicado a seguirle las pisadas
para realizar un boceto más completo de ella.
Increíble.
Qué cosecha tan alta de belleza la que se está dando en la aldea. Y tratándose de
una bella aldeana con ilustración citadina, ahí sí que peor.
Si
me tocara ir alguna vez por allá en mi otra encarnación, por ejemplo,
previamente haría ejercicios de quedarme con la boca abierta días enteros para
que no me cueste mucho trabajo cuando me toque estarme así allá delante de
criaturas como esta.
Aunque
no me lo crean, esto me produce alegría. Si tuviera una gorra, la tiraría al
aire; si estuviera en una canoa, la movería para un lado y otro hasta llenarla
de agua, y si pasara por delante de las luces encendidas de su apartamento, me
dedicaría a lanzarle piedrecitas para salir corriendo cuando ella se asome con
la escoba o con la olla de la cocina.
xxx.
*Textos
inéditos de El Reparo.
Otto
Ricardo-Torres
Casa
Esenia, enero 2 del 2012.
