lunes, 28 de febrero de 2011
Posdata a Marc Chagall et alii
Al oído del madrigal
Madrigal de las Palomas.
Causa placer contemplar las palomas
picoteando anhelantes y tratando de volar,
desnudas, tras la blusa.
Al reír, al andar, al respirar,
revelan su forma y su tamaño,
vivas, trémulas, a punto de volar.
El ojo las recorre y delinea
y las roza con sus dedos azules
pensando en las cuerdas del arpa.
El pico tenso entonces,
erguido, atento, enhiesto,
con ímpetu de arrullo al vaivén.
Se van y no se van,
ni quieren ni pueden olvidar.
Las excita el rumor.
Y así, dialécticas,
en sístole y en diástole,
desveladas,
en la proa del cuerpo sin fin,
lunándose en los bordes.
Otto Ricardo – Torres.
Madrigal de la Contemplación.
De blanco ausencia
Siempre
Vestida
Tu mirada
Pareces no estar ahí.
Apenas si recuerdas
Que estás
Aquí.
Así te vas
Cuando te quedas
Alejada.
Te vas a ti.
Morena y luna.
Siempre he sentido
que me atraen
la voz y la risa
de esa mujer
que ahí se reúne toda.
Apenas para libarla
sensual suave
sensitiva y vegetal
como la madreselva
la palpo con los ojos
la miro con los dedos
el cuerpo quieto y móvil
gitana y malva
ríe
arco iris
aceituna morena
y luna.
Esto es lo que le dije:
Que me gustan su voz los ojos
Y la boca porque todos desembocan entre sí
Y que también me gusta su cabello porque es
también un río que le va bien por todo el cuerpo.
Y que cuando estoy hablando delante
De usted no le quito los ojos de encima
Para evitar que fluya y se derrame
Y me deje hablando solo
sin saber qué hacer
entonces con las
palabras ni conmigo.
En el país del oído nace el sol.
Usted se reúne toda al sonreír.
De otro lado, cuando ríe
Ya no tiene otro lado.
Sin embargo, el rostro de su risa
en el espejo es su voz.
Oh, sí, cuánta alegría nueva.
La música me ha oído.
En este país del oído nace el sol.
Otto Ricardo-Torres
Casa Esenia - 2mil11
jueves, 17 de febrero de 2011
Tecuennamué
mi maestro, y a su esposa, la sacerdotisa Tayira.

viernes, 11 de febrero de 2011
El pelo de la paja.
En donde se habla del pelo que le iba saliendo a Salustio en la mitad de la mano derecha.
Por Otto Ricardo-Torres.
En ese entonces, era costumbre de los hombres maduros en Caimito irse a conversar al atrio de la iglesia todas las tardes de verano. Con los sombreros limpiaban el piso de cemento liso y se acomodaban.
Eran grupos de tres, de dos o hasta de cuatro. Conversaban haciendo memoria del oficio, intercambiando experiencias, contando anécdotas, preguntando por los amigos, los parientes. Ningún niño o joven estaba autorizado para sentarse con ellos ni siquiera para hablar en su reunión, así estuviéramos a corta distancia. Sin embargo, como ellos eran, en consenso, los guías u hombres de conocimiento de la comunidad, todos los jóvenes sabíamos que nadie alcanzaba autoridad ni respetabilidad en el pueblo si ellos no nos acogían alguna vez, a cierta edad, en su círculo de camaradas.
En esas tertulias vespertinas, en las cuales las palabras eran lentas y como protegidas por silencios de autoridad, uno oía poco a poco la historia de la comunidad; y los espacios, los tiempos, las personas con sus situaciones, vivas o difuntas, se reunían allí en las voces alternativas y espaciadas de los contertulios.
Hoy pienso que aquello era un rito, sin ellos saber que tal cosa se llama de ese modo, y que, sin imponer distancia sino apenas en los ademanes, ellos de algún modo intuían o sabían con certeza que su reunión acostumbrada era una especie de hogar o sala al aire libre para preservar e inspirar el curso continuo e idéntico de los días de la comunidad.
Ese día, los viejos amigos realizaron una de las más bellas maniobras del humor y de la sabiduría popular que nunca oí ni leí jamás en otra parte. Ojalá pudiera narrarla con la fidelidad que la escena y el episodio ameritan.
Nunca ningún compañero de nuestra edad habría osado allegarse a ellos como igual, sentándose a su lado o interviniendo en su conversación. De haber ocurrido un abuso semejante, con seguridad, lenta y señorialmente, ellos se levantarían del sitio y dejarían al intruso hablando solo.
Así que, con el cuidado debido, nos arrimamos a la distancia que nuestro respeto les debía. El más próximo a ellos era Salustio. Al cabo de un buen trayecto de la tertulia, en un recodo de la conversación, uno de ellos dijo:
-Oh galloj, ujtedej se acueddan de Miguelito, aque-m muchacho de la Niña Dioselina, em mediano?
-Hombe, cómo no.
-Pocqué.
-Qué le pasó.
-Se murió?
-Por ái dijeron que lo iban a operá.
-Pero de qué, tú qué sabej?
-No hombe, esa mama sí ha pasao trabajoj con ese pelao. Cuando ya le empezó a crecé eb bigote, Miguelito aprendió a hacecse la paja, y como le quedó gujtando, ¿saben qué le pasó?.
-Qué!!!-, dijeron todos al tiempo, colaborando en la estrategia del narrador.
La alarma nos afectó completamente a Salustio y a mí.
-Anjá, pero qué le pasó. Se le pudrió la mano, se le engarrotaron loj dedoj, qué fue?-, preguntó uno de ellos, echándole fuego a la crisis para arrinconar a los intrusos vecinos, o sea, a los patos, Salustio y yo.
-No se le pudrió, sino que le pasó aggo maj grave: le salió un pelo en la mitá de la mano-, sentenció el narrador.
-¡Hombe!-, dijo uno.
-¡Sucrijto!-, prorrumpió otro.
-Anjá y entoncej-, dijeron todos.
-Sí, le salió un pelo prieto y grueso, que le crece too loj díaj y no vale que se lo mochen con una rula. Ej un pelo ni de puecco y ej como si ejtuviera vivo.
-Hombe, cómo va a sé eso!
-Pobre muchacho!
-Pol lo menoj le tendrán que mochá la mano-
-O to eb brazo, quién quita.
-Anjá y entoncej.
-Y ahora cómo va a jacé con la mano mocha.
-Le tocará echá mano de la otra.
Cuando el narrador llegó a este punto, advertidos de la inquietud de Salustio, en quien, de modo evidente, había surtido el cuento el efecto calculado, fingieron tos y alguno se inventó un chiste sobre otra cosa que no venía al caso, para no atragantarse de risa. Se levantaron, hablaron en voz alta de cualquier cosa a la que ellos le daban una importancia que Salustio y yo poco entendimos, y se volvieron a sentar, cada uno en su puesto.
En un largo silencio y fingiendo mirar para otro lado, como para darnos la oportunidad de que Salustio y yo aprovecháramos la distracción, alertaron sus reojos para pescar la actitud nuestra. Y, preciso. Viendo que el momento era propicio, Salustio se miró la mano derecha al disimulo; -por si acaso-, pensaría él.
Cuando esto ocurrió, fue la apoteosis de la maniobra:
-Taj viendo Pedro Pablo-, estalló el narrador. –Te fijaj lo que hace la fat-ta e mujé.
Se levantaron, y en la distancia rieron con fuerza, a carcajada limpia, inventándose motivos distintos para poder disfrutar el descubrimiento que acababan de hacer.
Esta es la hora en que Salustio no sabe que el tal Miguelito era un anzuelo, ni que cayó en la trampa de aquellos viejos astutos, cuyo secreto, sin embargo, ellos jamás revelaron.
Con toda seguridad, de no haber sido yo el narrador de este relato, el tal Salustio sería yo.
Otto Ricardo-Torres.
Casa Esenia, diciembre 9 del 2m3.
Llanto en la corraleja
El paisaje natal se las ingenia en la diáspora para permanecer. Allí hace su vida, y se asoma de vez en cuando, al paso de un cucarrón en la tarde o al canto de la paloma guarumera o ante cierta brisa que trae razones de boca de los playones de Sietecueros y Caimitico, de las ciénagas y caños del Río San Jorge, de Cuiva, de Rabón.
A veces, me he sorprendido ausente, sin saber dónde estoy, por cuenta de la reminiscencia. Uno se sonríe entonces, sin ser uno el que lo hace, como en ese lapsus de mis lágrimas, seguramente cuando los títeres estaban guapirriando al toro.
Allí, el agua no moja, ni hay difuntos en ella, sino más bien una alcancía de escenarios seleccionados por la piel.
Es el pozo de la antología, refugio de la identidad. Ni el óxido ni el tiempo corroen nada allí. Todo se conserva igual, vivo e inalterado. Cuando uno pasa, se reúne con ella en los salones de la memoria y encuentra los mismos países de la fronda surcados por el vuelo de hadas de los chiritongos de varios colores.
Cuando íbamos a San Pelayo, José Luis, El Goyo y Rodrigo, a mí se me quedaban los ojos pegados al oído, sin ver lo que estaba delante, sino apenas la algarabía de porros y de gentes en opaco, sinónimos de hoja seca, en off, que se volvían caminos personales que me jalaban hacia mi paisaje natal.
Y me he dicho: Felices los que han podido crecer y vivir al lado de las casimbas de Tofeme, La Mejía, La Solera y Aguilar, en los playones de Caimito. El país nos obliga a desarraigarnos. El trabajo es inconseguible; la educación, el pan y la salud hay que buscarlos en otra parte, y la familia se rompe, y uno acaba viviendo lejos del corazón.
Así uno crece asistido familiarmente por la nostalgia, que es una palabra amable para significar la frustración.
A mí me resulta muy triste volver a Caimito, recorrer de nuevo sus playones, por Tofeme, La Mejía, Aguilar, La Solera, El Reparo, Cuatro vientos, detenerme en los matorrales de uvitas, de guayabitas de conejo, en los palos de mango, de marañón, de algarroba, de toroncoyos y peralejos…, o a Cuiva, sea en verano o en invierno, con sus peces innumerables, y sus viajes (vulgo dehesas) de ganado transeúntes.
Y muy triste porque no resistiría volverme a desprender de su presencia personal. El canto de los gallos, por ejemplo, me enciende esas presencias, que viven, como le decía, en el país del oído, lleno de sonidos que ven.
Me vine porque la vida me obligó a cumplir con el deber de ayudarme para ayudar. Sin embargo, de trayecto en trayecto vuelvo a acordarme de allá. Sé que nunca me he venido, sino apenas una parte de mí.
Tal vez no sea así en otros países, sin seres divididos entre su corazón y el espacio laboral. Uno ve a los turistas, que gozan recorriendo los lugares que visitan, desatados, libres. Ellos perciben desde afuera los escenarios por donde andan, y no como nos pasa a nosotros, ciudadanos de aldea. La nostalgia nos mantiene y nos lleva.
El hecho es que una tarde, mis alumnos de postgrado en Montería presentaron en títeres un juego de toros en corraleja. (Acá en la Costa no decimos faena de toros sino juego de toros. –Están jugando los toros, dice la gente, refiriéndose a la corraleja en acción-).
Sin darme cuenta, dizque resulté llorando, mientras yo creía estar riendo y aplaudiendo. Y este es el día en que no me explico cómo pudo ocurrir tal cosa.
¿De dónde, de qué sector de mí salieron esas lágrimas sin que yo las hubiera autorizado ni advertido? Las habría atajado, hombe, cómo no. Si las veo venir en el temblor de mi voz o en algún indicio similar, me las espanto a sombrerazos, fingiendo cualquier regaño o tarea para los alumnos.
Idalid fue la que me dijo después:
-¿De qué se acordó? Yo sí sé-, me dijo de paso, mirándome por encima del hombro.
Yo le dije:
-¿Cuándo?-, pero se hizo la desentendida, con toda la disposición de no oír ninguna explicación.
A lo mejor, si se queda ahí se me vienen de golpe los recuerdos acumulados y ahí sí no habría sabido qué hacer. Nunca pensé que uno pudiera llorar sin darse cuenta. O mejor, nunca pensé que las lágrimas reprimidas alguna vez se tomaran la iniciativa de llorar en mí por cuenta de ellas. Cavilando, he llegado a pensar que así me he de morir, sin darme cuenta. ¿Sí será?
Otto Ricardo-Torres.
