Japón y el Zen
Me anticipo a declarar que el acto era, sin duda, un rito en un altar construído ad hoc en homenaje a la belleza natural. No se trataba de leer, interpretar, descifrar, sino de mostrar, de ver, de modo tranquilo, sin evocación, asociación o fuga, el aquí y el ahora en el cual la pulcra dama, con aura espontánea de sacerdotisa, está haciendo su ofrenda.
Y así fue tomando un manojo de flores y luego otro y otros, cortándolas en su momento una a una para instalarlas, de manera consecutiva, con su respectiva dosis de agua, en el jarrón correspondiente. Los intervalos estaban marcados por el tránsito de un arreglo floral a otro, ocasión en la cual secaba el agua, depositaba y recogía, una a una, las minucias y desperdicios, que, de manera cuidadosa, depositaba en su lugar.
Le digo entonces, Señor Embajador, que mi mano común y corriente le entrega a usted esta reminiscencia, con alegría y gratitud, y, por su digno conducto, al país del haikú, de los cerezos en flor, de los inmortales samuráis, y de Onitsura, de Bashô, de Issa. Japón es el país que ha convertido sus catástrofes en monumentales y discretas apoteosis de gloria. Lo que hace tiene el sello de una nueva belleza natural.
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