Centón
I.
El ‘centón’ es un tipo de escritura que viene desde los clásicos romanos, consistente en amontonamiento, miscelánea, desorden, a veces apenas aparente, como en el monólogo interior y en algunos poemas de la escritura literaria de habla hablada, al estilo de T. S. Eliot en Conversation galante o La Canción de amor de Alfred Pruffrock; o, de M. Proust, En busca del tiempo perdido y, en especial, la segunda parte de esta obra monumental, A la sombra de las doncellas en flor; o en Pedro Páramo y El llano en llamas, de Rulfo; o en los grandes poemas de F. Pessoa; o En la sombra estaban sus ojos, de Jaime Sabines; o, al otro lado, en las Fugas y el Concierto Brandemburgués, de J. S. Bach; en El Bolero de Ravel; en la música y danza sufíes, que giran y giran hasta alcanzar la nada; o la de los collages, el jazz …, y en la forma como se almacenan, se encadenan, se agolpan los días en la honda y sutil memoria de la piel. Marc Chagall aplica esto cuando pinta ensoñaciones.
Las anáforas, catáforas, epíforas, las fugas y ritornelos, los leitmotives (que son sus marcas gramaticales), las cantaletas (vulgo cantilenas), los encantamientos rezados o cantados, la palabra de los raperos, así como las colchas de retazos, sinónimas e hipotextos de las molas indígenas, ¿de los cunas?, sí…, tienen mucho de eso.
El universo, clásico paradigma del anitya o impermanencia del sánscrito, es un centón, por ejemplo, sin ir muy lejos. Los que saben leerlo dicen escucharlo como una sinfonía sin fin, ‘inconclusa’, dirían otros. Pero también plásticamente es así, dado que nunca es igual, cambia sin cesar, y todo encaja en cada nueva composición. El quid está en pescar los matices del cambio entre el fraseo de las constantes. El resultado será la boca abierta, las palabras de nuestra admiración derrotadas.
No cabe, pues, como en cualquier discurso clásico, decir por dónde empezar, ni menos enunciar principio, medio ni final; ni tampoco amenazar con el número de episodios que se van a caer de la estantería. Sino todo lo contrario, porque el centón es verosímil en la medida en que nos convence de que se va haciendo solo y que se conduce ignorante del futuro, como si este no le importara, sino el paso, cada paso que va dando. En ese aspecto es literatura autónoma, de niños o de viejitos a la hora de la siesta, o de perros juguetones que se ponen boca arriba a hablar solos mordiendo una pelota de trapo, tal vez añorando los prados por donde están jugando en la imaginación.
La fe nace a raíz de las revelaciones personales que Dios nos hace, no de lo que no vemos, ya que esta viene a ser una fe forzada, miedosa, no íntegra, no total como aquella. Y revelación es lo que percibimos más allá de nuestro imaginario, de nuestro devocionario, lo que percibimos sin haberlo pensado ni imaginado nunca. Uno la reconoce porque nos saca, al instante, de la atmósfera ordinaria y nos instala en otra, donde está la sacra Energía que se nos revela. Por eso, los santos abren la boca, en éxtasis, porque eso es lo que pasa cuando se está en presencia de una auténtica revelación.
La revelación nos dice de manera convincente que Dios, es decir, La Energía Superior de La Vida, no necesita mandarnos razones para decirnos lo que Él personalmente tiene que decirnos. También nos dice que no habla en todas partes mediante voseos (juráis por Dios cumplir… si así lo hiciéreis, que…, etcétera; o Sagrado Corazón de Jesús en vos confío, etc.). Así hablan los españoles de España, no nosotros. ¿Por qué no “Jura usted por Dios….. si así lo hiciera, que…, o “Sagrado Corazón de Jesús, confío en Usted, o confío en Ti, o en Usted confío, etc.? Ese es el problema típico de rezar con palabras ajenas.
Ustedes saben que el silencio no es moneda de intercambio como sí lo son las palabras. No hay silencios sinónimos, ni homónimos, ni parónimos, ni polisémicos, ni nada de eso. El silencio es único en cada uno, porque es lo que es, dice lo que es, sin emplear palabras. Si uno llega hasta ahí, uno ya sabe quién es uno, así se nos olvide el nombre, el lugar, el color de la camisa que llevamos puesta. Esa es la presencia que uno tiene antes de nacer, según el decir de los patriarcas. Y ese rostro de uno de antes de nacer es el de siempre porque es nuestra presencia, nuestra realidad esencial, que es inalterable, permanente, eterna.
Ahora se me dice que diga también que las palabras son transeúntes, reminiscentes, imaginativas, ubicuas, mientras que el silencio es todo lo contrario. El silencio se da cuando estamos aquí. Y no es cosa de reírse porque no hay lugar más desconocido por uno que el aquí. Nuestro aquí ordinario es, como diría Pessoa, el lugar donde no estamos. En cambio, el verdadero aquí no es ubicuo ni reminiscente, ni evasivo, sino pleno en presente. Ese verdadero aquí es propiamente el llamado más allá, debido a que en él respira, vive y se manifiesta la eternidad. Si hay algún lugar al que siempre valdrá la pena ir es a este aquí. En tal aquí ya no hay palabras, ahí las palabras no tienen nada qué hacer porque, entre otras razones, no saben qué decir.
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