Por un museo de la ruralidad en Caimito
Otto Ricardo-Torres
Dedicado a CAIMITO, mi pueblo.
Y a todas las aldeas del universo.
La acepción más frecuente sobre el kitsch, es la de ser el arte de lo
cursi. Los que deseen pueden ir a Calinescu, Umberto Eco, Frank Wedekin, Clement
Greenberg, Harold Rosenberg…, erudición que nos provee Wikipedia a través del
sucinto pero nutrido ensayo de Elena Moreno.
KITSCH Y HABLA HABLADA. Pero párenle bolas al asunto. Pues aquí están comprometidas
artes plásticas, con Andy Warhol, el del pop art, Evtuchenko, el poeta ruso y,
diciéndolo por mi cuenta, el encanto de la narrativa y la poesía de la
oralidad, que he denominado del habla hablada. Estarían José Félix Fuenmayor,
Juan Rulfo, los poemas más celebrados de T. S. Eliot, discípulo de Jules
Laforgue, y el mismo Jaime Sabines, uno de mis poetas predilectos, sin ser sino
apenas un devoto de su obra.
Ya dejé asociado el kitsch con el habla hablada, categoría esta de lo
cual escribí un ensayito ligero en el Instituto Caro y Cuervo, que el profesor
Julio Sierra Domínguez me ha hecho el honor de emplearlo en sus clases de
literatura con frecuencia, según me han dicho. Y ‘habla hablada’ porque hay
también habla escrita, habida cuenta de la distinción entre lenguaje, lengua y
habla. Lo primero, Lenguaje, como la facultad que tenemos los seres humanos de
comunicarnos y, por extensión, también los animales; Lengua, como el sistema de
signos mediante el cual organiza cada comunidad la manifestación de su lenguaje
o facultad, y Habla, o el empleo individual que cada uno hacemos de la Lengua.
Esto presupone que ningún hablante de una misma Lengua la emplea igual,
distinción esta definida como Habla. De ahí ‘habla hablada’. Que no es el
tartamudeo más o menos chapucero de cierto actor en Caballo Viejo tratando de
hablar como costeño, sino algo espontáneo y auténtico, al modo como T. S. Eliot
se pone a divagar sobre el humo y el hollín en su magnífico poema La canción de
Alfred Pruffrock; o como el eximio Rulfo, mi narrador de cabecera desde
siempre, cuando Juan Preciado nos empieza la novela Pedro Páramo hablando como
si ya lo hubiera venido haciendo antes de empezar la obra; o como lo hace Jaime
Sabines en su bellísimo, tierno, fino y dolido (con dolor de violín) poema En
la sombra estaban sus ojos…
De esa estirpe es el kitsch para mí, arte popular, pero transido de
nostalgia, de rancias e incluso humildes reminiscencias. Eso es para mí, a
despecho de si coincido o no con los que del tema se hubieren ocupado. Pero con
una precisión, que no es nunca en sí mismo, sino arte situacional, es decir,
que depende del lugar en el cual se expone o muestra, parecido en esto al
ready-made. La descontextualidad es parte principal en la estrategia creadora
del kitsch. Los zapatos de labriego, de Van Gogh, por ejemplo, que son kitsch,
a mi juicio, por estar en un cuadro y por no ser las botas lustrosas que el hábito
se acostumbró a ver en los salones lujosos.
MUSEO DE LA VIDA ALDEANA. Vienen los ejemplos, con los cuales empato el
porqué le dedico estas palabras, en actitud de ruego, a CAIMITO, mi pueblo, a
saber: Un pilón con sus respectivas ‘manos de pilón’, una plancha de la época
de los picapiedra, una máquina sínger, un canalete, una canoa, un burriquete
para ordeñar, un ‘chocó’ para sembrar el maíz, un chuzo de coger hicoteas, un
trapiche de moler caña, arcaico, por supuesto; unas cucharas de totumo, unas
bandejas de artesanía para servir los alimentos, unos santos de palo del
devocionario popular, pitos de cera o de flauta de millo; unos calambucos para
arriar el agua, unos jolones, una angarilla, un pellón, un garabato, una mini
casa de palma con sus pañoles y sus trojas, la envoltura de los bollos: poloco,
de plátano maduro, limpio, cafongo, así como la envoltura de la panela (ustedes
me entienden, pues sugiero la artisticidad de tales envolturas); unas flechas
para pescar, instrumento fósil y vivo, que todavía se emplea entre los
pescadores de Caimito y sus alrededores, herencia directa de los aborígnes del
lugar estudiados por el antropólogo Parsons; en fin, todo eso que pertenece al
orden de los instrumentos de la antropología cultural de los oficios, hoy
venidos a menos en rápido riesgo de extinción, como las especies de la fauna y de
la flora.
LO KITSCH Y LA REALIDAD DESCONTEXTUALIZADA. Esto en sí no es todavía
kitsch, como ya dejé anticipado, sino materia primordial de un museo de
antropología cultural. Pero eso se vuelve kitsch cuando se emplea en contextos
impropios de su prístina u original condición, al ponerlo para decorar
ambientes que no les son propios, burgueses, de dedito parado. Un santo con
sombrero concho o con sombrero vuettiao, por ejemplo, en una iglesia o en una
exposición de escultura o de pintura; una piedra de amolar (vulgo, afilar)
decorando un rincón de la sala, al lado de la pantalla de mesa; un par de pitos
cabeza e cera flanqueados por un jarrón de rosas o de astromelias; árboles de
polvillo o de cañaguate o de guayacán bordeando el atrio de la iglesia, o unas
palmas de vino, hoy condenadas al monte; una yunta de bueyes o la faena del
ordeño de una vaca, como un monumento en la plaza donde antiguamente se
hicieran las corralejas, etcétera, serían kitsch.
Así que, primero el museo, luego lo demás. ¿Se le miden? ¿Qué les cuesta,
sino la resurrección de la sana alegría y solidaridad comunitarias, con la
segura participación de la población rural y urbana, ancianos y estudiantes,
bogas y vaqueros, pescadores, artesanos, agricultores, ganaderos, en fin?
Me cuentan, así esté vivo todavía.
Casa Esenia, enero 23 del
2015.
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