Otto Ricardo-Torres.
Casa Esenia, enero 5 del 2015.
Sí, la cultura tiene
dos cabezas (todavía no sé si monstruosas), dos acepciones, para decirlo de una
vez: Una es la cultura ccomo conjunto de tradiciones sociales (Lowie), que es
la cultura en su aspecto o dimensión antropológica, generalmente ágrafa o no
escrita, analfabeta, y otra, la cultura académica, la del aula, que es,
primordialmente escrita, pues su fundamento es el libro. Esto significa (como
bien lo dice el premio Nobel T. S. Eliot, en uno de sus ensayos, que fue
documento para el Gobierno Británico) que en el aspecto antropológico de la
cultura, todos somos cultos, tanto los alfabetas como los analfabetas.
Esta acepción de
cultura se asimila a la categoría de pueblo, que también en este aspecto antropológico
cubre a toda la población, sin diferencia alguna de clase, estamento
socioeconómico, credo, raza, etcétera; así, el pueblo colombiano es uno,
antropológicamente hablando, aunque en el aspecto sociológico o sociopolítico
con el nombre de pueblo se denote a la clase menos favorecida. (Algunos
antropólogos de nota suelen confundir tácticamente esta última noción para
hacer demagogia).
Pues bien, en el
aspecto antropológico es cultural todo el conjunto de las tradiciones, sean
buenas o malas, pero no ocurre lo mismo en la otra acepción. Además, esta
circunstancia, la de ser la cultura antropológica el conjunto de las
tradiciones, no exime, no impide a la misma comunidad darse sus propias
rectificaciones, modificar sus hábitos, mejorar sus comportamientos, con miras
al beneficio material, ético y espiritual de sus miembros.
Todo el desarrollo
de los pueblos ha ido marcando los cambios de sus comunidades para mejorar en
sí mismos y en su entorno. A esos grandes cambios se les suele llama épocas
históricas. Ya no hay canibalismo, ahora tenemos más sensibilidad por el medio
ambiente, por el respeto a las instituciones, a las costumbres de otras
comunidades, dentro y fuera del país. Hacia la Edad Media tuvimos la cultura
teocrática genocida, vale decir, la imposición de la creencia en Dios a sangre
y fuego, como pasó con la Inquisición y sigue ocurriendo con el extremismo
islámico. Sin embargo, y me complazco reconociéndolo, la Iglesia Católica es
una de las instituciones religiosas que más ha evolucionado positivamente,
sobre todo a partir del Concilio Vaticano II (Pablo VI, Juan XXIII, Juan Pablo
II y el eximio Pastor Francisco Papa, el hincha del San Lorenzo). Lo cual
quiere decir que ser tradición, ser un hecho cultural en la dimensión
antropológica, es el más pobre, míope y vergonzoso argumento que cierta Corte
de Colombia pudo encontrar para justificar y mantener las corridas de toros,
las peleas de gallo y atropellos similares a nuestros mal llamados hermanos
menores, que son los cuadrúpedos, reptiles, aves, fauna y flora en general.
Según esta doctrina
(¿que debo llamar estúpida, por supuesto?), también es un hecho cultural en
Colombia la violencia, intra y extrafamiliar, la de la guerrilla, de los
paramilitares, de funcionarios del Estado, de las pandillas callejeras,
etcétera. Según esa torpe doctrina –digo-, no debería haber jueces, ni
políticas de paz, ni restitución de tierras, ni reparación de las víctimas, ni
redistribución de la riqueza, pues atentarían contra acciones (de las
costumbres) culturales de Colombia. Tampoco debió haber ayer Frente Nacional ni
hoy conversaciones de paz para parar la violencia política, que ha sido más
generalizada en Colombia, o sea, más “cultural”, que, incluso la de la matazón
de toros.
No sería de extrañar que los tales magistrados estén celebrando con los
carteles (en la lengua original, cárteles, que son los verdaderos culpables,
que se lucran, como vampiros de la vida y de la alegria) de las corralejas y de
la maldita fiesta brava la barbarie cometida en Turbaco contra un pobre,
querido, inocente y absolutamente indefenso toro en la plaza. Entre otros. ¡Qué
bárbara lección de salvajismo, de indolencia y de crueldad, señores
magistrados! En la persona de ustedes, elevo estas preguntas: ¿Es imposible
hallar en Colombia diversiones menos “cultas”, pero más nobles y sanas? ¿Será
que la sangre inocente de ese animal y de todos los que se maltratan y
sacrifican en Colombia para diversión de los crueles, no afecta ni lastima su
fe ni su sensibilidad? Y no se diga que es distinta, por el remilgo de los
tendidos, la matanza de toros en Manizales, Cali, Cartagena, Bogotá, que en
Turbaco, Sincelejo, San Marcos o Caimito.
Qué es más valioso que la vida. Sin embargo, eso, la vida, es lo que
menos vale en Colombia, con los auspicios de los supradichos magistrados y
cómplices. Estoy a punto de proclamar que las muertes de inocentes, amparadas
por la jurisprudencia de Colombia, nos mueven a hacer justicia por propia mano,
por parte de los que somos solidarios con tales víctimas. Si la ley ampara el
crimen y la injusticia, la venganza es un acto de Justicia. Esta también es una
acción “cultural”.

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