“No vivir para el presente ni
para el futuro,
sino para la eternidad”.
Otto Ricardo-Torres
Generalmente, al estar
existiendo, olvidamos el estar siendo.
El ser permanente es el
que está siendo, es nuestro ser esencial. Estar y existir son, en ciertas circunstancias, sinónimos. El ser existente
es circunstancial, transitorio. David está
sensato y David es sensato enuncian,
de manera respectiva, el estar existiendo, que es de índole ocasional, y el
estar siendo, que es permanente o esencial en David.
La gran excepción cualitativa
se da cuando el estar se reencuentra
y une con el ser, de manera que el
estar existiendo, la existencia ordinaria, se integra, ya no de manera
ocasional, sino permanente, con la esencia, con el espíritu. En este caso,
cabría decir de David que es, v. gr., (definitivamente) un hombre sensato, honesto y honorable, heroico,
solidario, sabio, laborioso, etc.
La (para mí) bella
característica de los sacerdotes, de los monjes, cuando se dedican realmente a
la naturaleza de la vida sagrada, es su permanente consagración al vivir
esencial, al estar siendo, viviendo al calor y al abrigo del espíritu. Lo mismo
diría del feligrés de cualquier confesión, que no solo está devoto,
puro, amoroso y solidario en el templo, mientras se oficia el rito, sino
después y siempre.
El sendero del ser de buena
voluntad culmina al purificar la existencia, el estar, por virtud de haber
logrado labrar la piedra bruta. Eso mismo cabe decir, e incluso con más mérito,
de los anónimos o notables seres humanos de la vida profana, masones sin
mandil, sacerdotes sin sotanas, monjes del común que viven con los ojos y los
oídos abiertos al espíritu. En mi vida, me ha tocado en suerte haber conocido a
unos y a otros.
2. El modo de vida del existir
es el que empezamos a vivir al nacer, por razón de nuestra interactuación con
la realidad exterior o realidad humano social de las costumbres o la cultura
antropológica. El ser social y la individualidad entran en juego, relación en
la cual el ser humano encuentra todo tipo de ambientes, conductas, modelos de
vida, en los cuales el comportamiento correcto de los seres de buena voluntad
es la excepción.
El existente se encuentra entonces
en el cruce o encrucijada de los dos clásicos senderos contrapuestos que ponen
en juego el empleo acertado de su voluntad y su albedrío.
Los ambientes contaminados de
conductas despóticas o dictatoriales, oportunistas, hipócritas, de corrupción y
desprecio por la vida, los derechos humanos, las libertades y el medio
ambiente, más frecuentes cada vez, tienden a comprometer y subyugar a las
individualidades débiles de carácter, cuando no sembrando de sangre y de héroes
el escenario nacional e internacional. Estos son los casos periódicos,
cíclicos, en los cuales el estar existiendo trata de extinguir en los seres
humanos su conciencia recóndita, esencial, del estar siendo.
De tal ejemplo dominante surge
un paradigma oprobioso, un código social aberrante, que no pocos acaban
abrazando, en abono e incremento de la pudrición social e individual. E incluso
se llega al extremo de que la individualidad desaparece, aplastada por el peso
despótico de la violencia, de la dictadura omnipotente del poder ejercido
contra las libertades y el bienestar de la ciudadanía.
A falta de los derechos
humanos, de la libertad de expresión, del pulcro ejercicio del sufragio, las
mentiras difundidas por los exclusivos canales oficiales destruyen la verdad,
la ecuanimidad, la honestidad, el discernimiento y el desarrollo sano y limpio
de la vida comunitaria. Son climas creados para generar privilegios
exclusivistas, odio y violencia, contra unas víctimas prefabricadas por el
discurso tendencioso del Estado despótico. Y así, quien difunde las mentiras y
el veneno del odio, adopta el papel de la verdad oficial y del benefactor, y
quienes discrepan caen víctimas de la sindicación criminal como enemigos del sátrapa.
Desgraciadamente, hay familias,
pueblos, comunidades tomados por la corrupción de la conciencia ciudadana que
se yergue como paradigma indisputable e incotrovertible de la conducta social.
No obstante, en tales ambientes
sociales e históricos, el rechazo y dolor por la opresión termina,
afortunadamente, robusteciendo la conciencia individual y colectiva que da
curso a las formidables individualidades solidarias de liberación: “Donde
abunda la corrupción sobreabunda la gracia” (San Pablo), pues lo mejor de uno,
“el bendito fuego sagrado”, jamás muere en la conciencia individual ni en la
colectiva.
3. Declaro aquí para siempre
que creo, alabo y celebro la vida de las comunidades e individuos que forman la
“inmensa minoría” de los seres humanos de excepción, paradigmas eternos del
estar siendo, los cuales, habiendo alcanzado la luz esencial que los habitó,
irradian su fuego interno en las diferentes acciones extraordinarias y notables
de su personalidad: Santos, héroes, grandes iniciados, científicos, apóstoles, filósofos,
pedagogos, artesanos, jornaleros, escritores, juglares … De ellos es obligado
reconocer que, al tenor del sagrado upanishad, no ‘viven para el presente ni
para el futuro sino para la eternidad’.
Casa Esenia, septiembre 17 del 2015.

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