Encuentro con un Maestro en Casa
Esenia.
Otto
Ricardo-Torres
Del libro inédito LEYENDAS VERDADERAS.
La calle estaba sola. Sin luna, pero clara. El
espacio me era conocido, pero poseía una atmósfera que me hacía sentir inmerso
en el seno de un rito. El cuerpo sentía el goce del viento, aunque no sentía
soplo de viento alguno.
Al pasar por la esquina de la casa de Genaro, vi
un saco, sentado en una silla, de perfil. Mi ser venía vacío, andando allí de
pronto, nada más. Hablo de cuerpo, pero no me era visible, sino un lugar desde
el cual establecía comunicación.
Lo vi a mano derecha. Después, supe su nombre,
pero hoy algo me dice que no debo comunicarlo. Me detuve, puse mi cuerpo en
dirección a su perfil y me obligué a darle las ‘buenas noches, señor’. Con
reverencia. Él me contestó el saludo, con sonido de voz grave. Y se puso un
cuerpo dentro del saco. Para entonces yo ya había seguido mi camino, pero él me
detuvo con una palabra, y lo esperé, dándole la cara.
Era pequeño, blanco y rosado, circunspecto. Me
pareció que el color de la piel sonrosada le venía de la sangre, o algo así.
Eran notables los vellos de la cara, al punto que no hubiera cabido la
conjetura de que estuviera vestido con una máscara. Se me acercó con los brazos
extendidos hacia mí, en actitud de sacerdote, magistral. El cuerpo, la faz y el
bigote no le cuadraban a su madurez, aunque no se lo dije, pues no era el caso;
la circunstancia no me autorizaba a opinar. Allí se imponía únicamente la
superioridad de su trato. Sin embargo, le dije que, ‘por favor, no se me
acerque demasiado, señor’, que ‘no me ponga las manos en los hombros’, que, por
favor, entendiera que yo no tenía experiencia en el trato con seres de otra
dimensión.
Ahora deduzco que mi ser supo, mi ser vio que
estaba en otra dimensión, tal vez la de Casa Esenia en astral.
-Es razonable lo que usted dice-, concedió, en su
lenguaje provisto de rigor natural, como si hubiera cometido una distracción.
Él hablaba y yo me mantenía atento. Me hablaba
casi tocándome, de modo que me era perceptible el rostro, la boca, su estatura
y contrastes, el tino con que usaba la palabra. Ahora considero que en sus
modales no había ninguno desprovisto de significación, que su voz y el espacio
de su cuerpo se impregnaban en mí, como si me hablaran desde en mí. Al cambiar
de foco, observé que había una cohorte en círculo, réplicas en miniatura de él,
que ya era pequeño, como dije. Se mantenían a prudente distancia, si cabe la
expresión profana, aunque atentos, guardándolo, sin inmiscuírse sino con la
mirada absorta, atenta a él, en la órbita de su aura.
El me instruía y yo, con altivo respeto, le
atendía. Reiteré la observación de su rigor sobrio, de su línea recta de luz,
la excelsitud de sus ademanes. Advertí que trataba de apartar el más pequeño
conato de paternalismo o de bondad gratuita.
-Usted me dará fuerzas. Eso espero-, le dije. Y
él, apuntándome con su dedo índice, me replicó al instante:
-No, en absoluto. Usted tiene la fuerza. Usela. El
poder está en usted y yo no haré por usted lo que usted mismo ha de hacer. Sabe
con perfección lo que le estoy diciendo, pues usted no ignora nada de lo que es
necesario para usted.
Guardé silencio, pues había visto o descubierto mi
fuerza. Entendí que asistía a un diálogo de pie, con un o con mi Maestro, o con
el MÍ de mí. Su NO enfático fue la manera precisa de ayudarme, haciéndome ver
mi ser recóndito. Cuando terminó, le di en silencio mis agradecimientos, que él
debió oír. Sé que él lo entendió así, ya que, sin duda, él me sabía mejor que
yo mismo. Entonces desapareció, también de pronto, sin saber por dónde, y yo
advertí allí mismo que él me había citado, en el marco de ese rito, seguramente
para enseñarme a ir, para enseñarme a ser, tal vez a ser Ser.
(Casa Esenia, febrero 24 de 1984).

1 comentario:
Maestro, su humor no cambia, sigue siendo el del hombre joven que conocí, es admirable su dedicación, reí como con la canción de Andreita y su análisis poético. Su sensibilidad es extraordinaria, cuídela no se la vayan a robar en este país tan inseguro. Lo recuerdo siempre con admiración y gratitud. Un abrazo fuerte, claro si lo resiste por internet.
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