(Nota. Como
he venido sabiendo que me voy acercando a la muerte, ya he ido dejando la pena
a un lado para atreverme a publicar estas verdades que parecen –y juro que no
lo son- leyendas)
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… Entonces me
di cuenta de que estaba llorando.
Me senté en
el murito de ladrillo, debajo del durazno. Ya había sol matinal en el jardín y
un colibrí revoloteaba entre las astromelias.
La luz era
coralina o pulpa de durazno, con jardines de niños riendo en los distintos
escenarios de su tiempo. Luz, coral, durazno, niños, tintineo de risas, velos y
escenarios múltiples amontonados…
Pero la luz
estaba dentro de mis pupilas o era mi única pupila visible.
Allí me
senté, tal vez –hoy lo pienso- en actitud reminiscente de los hermanos
prisioneros judíos de Sión en Babilonia. Me senté allí, sintiendo mi suerte,
sin margen a pensar en o sobre ella. Viviendo esta vida que me tocó, como se
dice.
Lo curioso
fue haberme dado cuenta de que estaba llorando, y haberme visto así, como si
nada, pero con la solemnidad propia de toda situación cuando es realmente común
y corriente. Algo así como las ramas y las hojas de los árboles después de la
lluvia.
Mutis –french
poodle que siempre me acompaña- apareció a mi lado, saltó a mí y lo cargué y
acaricié. Él es motoso, pero en vez de ‘Motas’, yo le propuse ‘Mutis’ y él
aceptó. Mutis puede ser apellido, muy prestigioso por cierto, o diminutivo de
‘motas’, como en efecto. Además, él no pesa y es suave, de modo que pesa menos.
A partir de
ahí, o a partir de entonces –no sé cuál sea la expresión mejor- “yo” empezó a
llorar, sin darme cuenta, bajo su total espontaneidad. Me observé como de
reojo, pero no de tú a tú porque él lucía pasivo, a merced del llanto que lo
tenía quieto.
Un río, cualesquier
aguas corrientes en televisión, delante de uno, van a rastras y no acaban de
pasar. El éxtasis debe ser parecido. Se emprende un vuelo súbito, sin movernos
del lugar. “Soplo extático” le dice Miguel Hernández a la vida en uno de sus
escasos sonetos, el 100, si no recuerdo mal, de su obra póstuma Cancionero y romancero de ausencias.
Me observé, y
no de tú a tú, entonces, por la situación dada, sino de ‘yo’ a ‘tú’, o de ‘yo a
yo’, en fin, como fuere.
El llanto le
ha ido sembrando de lágrimas los ojos y las mejillas. Tal vez Mutis participa
de la situación, muy para sus adentros.
Pero yo no
tuve ninguna deliberación allí, al menos no el yo que esto escribe, ni el que
estaba al lado de mi ser que lloraba.
Aunque,
devolviéndome -o no sé si dejar esto para el final-, no era propiamente que
llorara. Yo era tan sereno que no le vi la aflicción propia de quien llora.
Generalmente, un ser con llanto se descompone, no solamente la cara, sino todo,
se desgonza, pierde garbo natural. ‘Yo’, no. Él lucía sereno, muy parecido al
agua que se derrama de manera anónima en cualquier cañada o taza del universo.
Eso es, se derramaba, desbordaba lágrimas con sosiego natural. De ser santo,
habría pensado que estaba en un punto de transfiguración. La cual ocurre cuando
uno encuentra su más íntima dimensión natural.
Lo natural
colinda con Dios, eso sí lo he venido sabiendo. Cuando uno va al ser natural, o
al universo, o a la naturaleza natural, uno se encuentra siempre con algo
sobrenatural. Nunca vuelvo con las manos vacías. Allí es donde uno es uno, o
menos-uno por ser Uno. Esto tampoco sé cómo decirlo.
Además –me lo
digo hoy-, ‘yo’, el yo del cuerpo, no el de la cabeza, ya sabía que cuando uno
llora, así sea delante de muchas personas, siempre está solo. Tal vez la mamá,
o mi hermana Lola, o Mutis, sí compartan con uno el pesar, pero no más. De modo
que, tal vez, por esa sabiduría del cuerpo, yo estaba llorando como se debe, a
solas. De la manera que hubiere sido, no me tomen al pie de la letra estas
palabras, porque ya sé que las palabras no saben.
Eso sí, no
tuve ninguna deliberación en ello, algo como ‘voy a ponerme a llorar de este
modo nuevo a ver qué se siente o qué actitud toma el Mutis, o el durazno, los
colibríes, la luz infantil de esta mañana…’, no. Sino así, ‘a palo seco’, tal
vez porque la taza se había llenado y debía empezar a fluír por su propia
iniciativa, digo yo. Ahora creo que esas lágrimas fueron las que me llevaron
hasta ahí.
Lo cierto es
que caí en la cuenta, sin sobresalto ni vanidad, de que me encontraba, lo que
se dice, desdoblado, dividido , uno de los cuales hacía de testigo y que fue el
último en aparecer. Tampoco esto es exacto, pues no es que fuera el último en
aparecer, sino que, estando ahí todo el tiempo, yo no lo había visto. Con esa
aclaración, ahora sí sé que el testigo estaba ahí, pero no se me había hecho
visible.
En las
películas ocurren escenas similares. Un hada o ángel aparece de pronto al pie
de alguien, a veces sin que ese mismo ‘alguien’ se dé cuenta. Pero yo sí me di
cuenta de que ‘yo’ testigo me estaba viendo llorar.
Me veo
llorando en mí y, al tiempo, afuera. Cada uno de los dos era también yo mismo,
y uno de ellos parecía como criatura de menor edad que la otra. Pero era el
mismo. Esto no es fácil de explicar. Las palabras nunca han sido capaces de
saber decir el misterio. A lo sumo, ellas a veces alcanzan a borrarse para
desdecirse y así lograr medio balbucear lo otro. Sin embargo, el misterio es
mudo pero tiene su palabra y su voz, que es como la manifestación de cada acto
diciéndose en cada emanación. A veces, cuando uno se queda callado, no es
porque no sabe, sino porque no sabe decirlo o porque no ve la necesidad de
decirlo. En fin, no insisto porque no logro salir adelante con esta
justificación.
Decía que no
sentí piedad de mí, cosa rara, pues soy experto en depresiones y en dármelas de
sufrido, de mártir, humillado, triste, melancólico y demás actitudes afines con
las cuales hacen su agosto psicólogos y psiquiatras. No, sino casi o apenas una
infinita sensación de gracia sobrenatural –o como se llame-, proveniente del
doble regalo, del pequeño, íntimo milagrito que Dios me estaba compartiendo, el
de sentirme viendo la revelación de mi ser testigo.
Así conocí el testigo, mi yo-mismo más antiguo, mi
ser arcano seguramente, compañero inseparable, sobrio y sereno a la vez, mi ser
acumulado…
Todos ustedes
ignoran cuánta inmesa e infinita alegría me embarga cuando me acuerdo de
entonces. Así deben ser los umbrales de la eternidad, esos puntos misteriosos
que hay esparcidos y ocultos por el camino de la vida.
En esas,
apareció ella. El testigo sabe a quién me refiero. Yo la sintió acercarse, pero
siguió con el rostro entre las manos, en el alero de la leve sombra de la luz
matinal entreverada entre el jardín. Algo le dijo ella, pero no prestó
atención, salvo al testigo. Su tarea era dejar salir el llanto y yo estaba al
lado de mí, custodiando el rito de iniciación en ese pequeño borde.
Debo decir
que en el jardín hay también pasto, y sobre el pasto, rocío. Y que siempre que
veo el rocío pienso en todo lo que es recién nacido, la misma eternidad en edad
infantil. El rocío se veía alegre y lúcido, y la luz era ahora más parecida a
la pulpa del durazno. Ese color, así como el de las flores del frailejón me
conducen a la belleza, que es por donde yo llego más rapidito a Dios.
También debo
decir que podía ser blancuzca la atmósfera de su aparición, en lo que pudo ser
mañana o alguna escena de antes de nacer. El aire guarda todo y lo revela
cuando Dios le hace una señal. Hasta puedo decir que había asomo de canas en
sus cabellos.
Sí, se me
acercó y ahora es ella la que está llorando, pero es y ya no es en el mismo
sitio propiamente, aunque no me he movido del lugar. Puedo tocar las ramitas
del durazno, reconocer las astromelias y las rosas, el ruido de algodón del
tráfico por encima de los árboles. Pero ella se me parece a la que tenía
guardada en el olvido.
Algunas
veces, en sueños, la he visto, en las distintas orillas de un litoral,
corriendo y buscando un teléfono para llamarme, y yo le hago señas y le sigo
los pasos, y me angustio por su búsqueda, pero ella no me ve. ¿De qué rincón de
la eternidad habrá salido? Creo saber que Dios le ha impuesto seguirme
buscando, tal vez…, por Dios, debo abstenerme de juzgar.
Pero ella no
me ve, quién sabe cuántos velos de tiempos nos separen. Sus ojos parecen venir
de una obra de Sófocles, lo mismo que todo su semblante. Eso debe ser terrible,
muy duro de sufrir. Yo la ve y siente amor y aflicción por ella. Él siente que
la he perdonado en todas las vidas que han vivido.
El final del
llanto reparador es siempre un hondo suspiro. Como la vida habitual ha quedado
suspendida, ahora todas las cosas han recuperado su movilidad de costumbre.
Otra vez soy
otro, el mismo, y el testigo -¿cuál testigo?- ya no está.
No veo qué
más deba decir. Qué cosa. Así me dijo una vez el Maestro: “Una lágrima te
acompaña y trae a mí. Así irás. Del llanto al amor. Del amor a la belleza. Ven,
entra conmigo al templo”. Ahora lo recuerdo. Gracias.
Otto
Ricardo-Torres
Casa esenia, 3 de noviembre
del 2m8.

1 comentario:
eS UN TEXTO MARAVILLOSO... Debo releerlo. Y eso es lo mejor de lo que se escribe: que el lector deba regresar a la lectura. Gran mérito, por cierto. Felicitaciones, Profesor.
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