Otto Ricardo-Torres
Aprender a escuchar para aprender a meditar, pues también puede haber meditación de oídas. A merced del oído, se abre otra manera de ver. También es verdad que, al ver, oímos, sino que la percepción auditiva ha sido silenciada por el predominio y el hábito de la imagen visual. Los toltecas hablan de "la voz del ver"; consideran que solo hay revelación, o sea, "visión", cuando las escenas y las imagénes hablan. Ellos quieren indicarnos con eso que todo lo que uno ve en aquella dimensión está provisto de voz propia. En el fondo hay algo más, pero dejémoslo así por ahora.
Lo que estorba la meditación es el signo, la significación, el mundo de las palabras, los hábitos, que son conductas que llevan a cuestas las palabras de la vida cuotidiana. Y todo eso es de este mundo, no de la dimensión propia de la meditación.
En la meditación se opera un cambio en el grado de nuestra energía. Y ella nada tiene que ver unilateral ni exclusivamente con la mística. Únicamente es meditación mística la meditación con premeditación, aquella que se instala con fines y propósitos predeterminados, para pedir, para buscar, para implorar. A lo cual no me opongo ni censuro. En cambio, la meditación sin premeditación, la profana, es la que emplean, aun sin calificarla de este modo, los artistas, científicos, investigadores, filósofos, cuando, por exigencias de la búsqueda, se la pasan horas "en blanco", atentos al misterio, el mundo de lo ignoto.
Permítanme declararlo, le dedico tiempo de mis días a convivir a conciencia con el misterio, lo no conocido, habida cuenta de que estamos rodeados de él. Miro sin obligarme a saberlo, y menos a sabérmelo explicar con palabras. Solo miro, lo más sin mí posible, lejos de andarle averiguando sentidos analógicos a lo que percibo, porque de ese modo no haría sino crear falsos misterios, misterios de bolsillo, con verdades para tomarme la palabra en las tertulias.
No tengo predilección por ninguna situación o entidad particular al mirar. Me es igual la distinta configuración de los follajes y de las ramas y los frutos y las hojas de los árboles, uno a uno, que el vuelo espontáneo de las mariposas con rumbos y búsquedas distintos al de los colibríes y las palomas que todos los días vienen inexorablemente antes de las 3y 30 de la tarde por su ración de maíz entero, en cáscara. Mi tarea no es forzarme a averiguarles obsesivamente qué dicen, sin negarme a ello. En principio, nada más procuro percibir lo mejor posible, sin fruncir el entrecejo ni ponerme a adivinar o a imaginar.
He logrado saber que hay un NO SABER que es activo y fecundo cuando uno realmente sabe, con paciencia y sin preocupación, lo que no está sabiendo con certeza. Y que es más propicio el acceso al misterio cuando uno está realmente provisto de NO SABERES evidentes, de los Nosaberes de Sócrates, o afines. En su momento, me hago a la idea de que ha de llegar el salario que la luz decida ofrecerme. En realidad, mi interés está puesto en lograr el máximo desinterés. Considero gran ganancia poder percibir sin entrometerme, sin imaginar ni suponer, sino fluyendo en el albedrío de lo desconocido, a merced de los caminos de su sabiduría.
Esto dicho, a propósito de los indicios, como los ojos que se hunden en el misterio.
Casa Esenia, septieembre 17 del 2018.

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