Otto Ricardo-Torres
Los toltecas hablan de 'no hacer', ejercicios de 'no hacer', y en el zen, son Koan. Unos y otros son distractores de la mente y de los hábitos para desorientar la conducta habitual y anonadar las expectativas que se han establecido a manera de surcos de probabilides por donde transcurre o ha de ocurrir el sentido. La finalidad es borrar, deshacer, deshabitar de todo conocimiento la mente y la conciencia, o lo que fuera eso que habla y lee en uno. Yo le digo no-saberes.
El no-saber, o, de una vez, nosaber, es lo que percibo del misterio, de lo ignoto o desconocido; el rostro en persona o en presencia de lo que no sé qué es. Son saberes ciertos de lo que no sé. No son dudas, ni hipótesis, ni pareceres, ni sospechas, ni intuiciones, sino percepciones inocentes de lo que no sé qué es.
La seguridad que sí me asiste es la de pensar que todo eso que está en mí o yo en medio de él, me ve, me percibe, me conoce y tiene que ver conmigo, aunque no exclusivamente, sin descartarlo. Él o ello algo tenemos qué ver. Qué. Eso es parte de lo que no sé. Cualquier paseo por cualquier parte, y no solo de lugares retirados, sino cualquiera, ello va conmigo, y forma parte del aire, de la luz, de la energía, del universo.
Aprovecho para apartar una idea que se volvió lugar común y que no nos deja ver. Es la idea del universo. Nos dimos al hábito de creer que el universo es únicamente eso que vemos cuando alzamos la vista en las noches con estrellas. O el sol, la luna y las estrellas. Pero no el ambiente en donde estamos, por donde vamos y hemos ido e iremos. Lo inmediato a mí, empezando por mi ser, es también un miembro o un eslabón del universo, y todo. Universo es todo, y no solo lo demás.
Desde esta rendija de luz, uno cambia de parecer con cada momento y con cada cosa que le pasa a uno o que percibe, pues ahí va y ahí está el mismísimo universo, con sus ingredientes de eternidad y de infinito en su constitución. No hay, pues, me voy diciendo, no hay cucarachas, perros, aves, cucarrones, rastrojos, gota de agua, o arroyo, o río, o mar que no sean representantes personales del universo. Y, como dije, yo entre ellos.
Entonces, ya irán entendiendo por qué mi reverencia, por qué la ignorancia respetuosa y devota con que me pongo a mirar y a hacer cada cosa que hago. Idealizando el proceso, me gustaría imaginarme un día ser acogido por alguien desde el seno del aire, viniendo de la luz, o ser cubierto totalmente desde mi interior por la porción de luz que me habita, de manera que pueda sentir y decir con absoluta y plena claridad que, estando en mí, mi ser es únicamente todo lo demás.
Los pies, los pasos y el camino conducen al horizonte. Y cada uno de ellos son y van al horizonte. Y el camino es sin fin.
Casa Esenia, septiembre 18 del 2018.

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