José y sus hermanos
Otto Ricardo-Torres
Esta es una conversación conmigo, al oído de ustedes, si así se quiere. En la lectura de La Torah hoy, septiembre 15 del 2018, Génesis, al pasar por la historia de José, ya en Egipto, encarcelado por indisposición que le hizo la esposa de Potifar, pero luego ascendido a virrey por el Faraón, a raíz de la acertada interpretación que hizo José al sueño de este, ya posesionado de sus funciones y en plena época de las vacas gordas, con las trojas o graneros repletos, caí en melancolía en las escenas del encuentro de José con sus hermanos, llegados de Canaán, sin Benjamín, el menor, en búsqueda de alimentos para su casa.
Hablo para mí, dije. No leí palabras, sino imágenes y situaciones vivas que se encontraron conmigo en alguna de las remotas memorias del corazón. Y no pude evitar la irrupción del llanto, con absolutamente todo mi cuerpo emocional erizado de conmoción. Cada movimiento y cada palabra de José delante o luego en medio de sus hermanos, con Simón y los otros que lo echaron al pozo y lo vendieron después, me hacía mover el corazón como si estuviera en el cuerpo de José. Y cada cosa que iba sucediéndose surgía de códices o papiros de mis carnes, de mis telas sensibles, como algo que me estuviera pasando en la verdad de mi memoria viva.
No quiero especular sobre esta experiencia ni averiguarle sentido anagógico o elevado, pues tengo claro lo que me ocurrió, aunque no el sentido ni el porqué. He querido, sí, decirlo como testimonio, y como testimonio y alabanza por el reencuentro que me provee El Libro. ¿Remotas lágrimas de José en uno?, 'perpetuo vínculo de átomos de alma entre él y uno?, ¿mismos pasos y días resplandecidos a la luz de las palabras del Génesis? No lo sé, pero fue.
Me quedo quieto, aunque ande y haga cosas, abrumado por la luz reminiscente. Empiezo a comprender que no todos los recuerdos son de la memoria libresca, pues hay mucha antigüedad de uno en uno sin todavía lectura ni reconocimiento. Voy sabiendo que el aquí de uno es hondo y que se halla expandido más allá de los alcances del desciframiento de la memoria. La infinidad de atisbos y de fuentes invisibles que viven en uno se perciben como multitud de vidas que quisieran volver a ser o que nada más desean saludarnos y ser reconocidos por uno.
¡Oh, José, bella alma judía, gerente del Faraón... José, hermano de sus hermanos hasta siempre!

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